23 Enfermedad De La Fatiga Cronica (EFC) (En Ingles: CFD).
En la plenitud de la vida, con algo mas de cuarenta años, siendo gerente general de una
gran empresa constructora, un día observé que el fluir de mi pensamiento
experimentaba interrupciones.
Cuando pensaba o trabajaba en cualquier cosa, de pronto se me producía como una
chispa, como un corte, una interrupción en mi actividad mental. Me tomaba algunos
segundos reanudar lo que estaba haciendo.
Como es natural en un caso tan grave, lo primero que hice fue desestimarlo y pensar
que solo era sugestión. Pero ya al día siguiente tenia claramente identificadas las
interrupciones. Era conciente de cada vez que se producían y del devastador efecto que
ellas tenían sobre mi pensar, actividad que hasta ese día desarrollaba en forma
inconsciente, segura.
Hasta entonces jamás había considerado siquiera en la posibilidad de tener dificultades
para pensar.
Visto lo grave y lo aterrador de la situación, empecé a llevar un registro detallado de lo
que me estaba ocurriendo.
Al hacerlo observé que además padecía de fatiga: una sensación de cansancio que de
alguna forma se expresaba con una opresión en la boca del estomago, justo bajo el
diafragma.
No sabía a qué médico acudir. Tenia claro que necesitaba ayuda pero no imaginaba si
sería un problema neurológico o cardiaco.
Antes de decidir a quien consultar, un nuevo sìntoma vino a poner el cuadro aún mas
aterrador: cada vez que trataba de recordar algo (una fecha, un nombre, una idea, una
tarea por hacer), no lograba recordarlo. Y por si eso fuera poco, a consecuencia del
esfuerzo por recordar el cerebro se ponía en blanco. Se me producía una gran laguna
mental, un enorme vacío, Como si toda actividad ya no solo se hubiera interrumpido
brevísimamente, como a consecuencia de los malditos chispazos.
No, ahora se trataba de un apagón generalizado, de una puesta en blanco total. De no
tener idea ni de qué estaba hablando ni qué estaba pensando ni nada. Y cada vez que
esto ocurría mi mente, o lo que es lo mismo, yo, debía recomenzar de cero. El apagón
duraba uno o mas segundos que se hacían una aterradora eternidad.
Ya no era, como en el caso de los chispazos, que se interrumpiera el pensamiento y se
lo podía retomar de inmediato, aunque con la ineficiencia derivada de la conciencia y la
preocupación de haber sufrido un chispazo de interrupción.
Lo que ocurría al intentar recordar cualquier detalle era algo mucho mas grave: un
apagón que dejaba al cerebro sin funcionar durante un tiempo y del cual la recuperación
era gradual, como se van encendiendo en las noches las luces de la gran ciudad
después de un amplio apagón.
En medio de interrupciones y chasquidos esbocé una primera estrategia y algunas
teorías.
En el plano estratégico decidí conservar la calma y mantener los hechos bajo estricto
secreto
Conservar la calma me era muy difícil. Con frecuencia era presa del terror derivado de
la conciencia de estar parcialmente privado de la inteligencia y de la conciencia. Del
terror de pensar que probablemente me “estaba volviendo loco”.
Por otra parte era necesario esconder la situación. No darla a conocer a nadie por
ningún motivo.
¿Qué podrían pensar los ejecutivos, o los accionistas de la empresa, si supieran que la
máxima autoridad, la que toma la decisión final sobre inversiones, ofertas, compras y
actuaciones tiene un cerebro que no funciona? Que se interrumpe, como un carro con
problemas eléctricos. Que no es capaz de buscar un simple dato en su propia cabeza.
Que su inteligencia y aun la conciencia dejaban de existir –se ponían en blanco- con
cierta frecuencia. Que restablecer la condición normal tomaba algunos minutos, no tanto
porque el corte general durara mas de algunos segundos sino por los estragos que
causaba en la propia conciencia el percibir que nuevamente el cerebro se había
quedado en blanco.
Porque no era fácil restablecer una actividad intelectual normal, presa del miedo de
saber que los “cortes de luz” seguían ocurriendo, que podrían manifestarse en cualquier
instante. Y mas difícil era recobrar la calma sabiendo que en cualquier momento podría
darse uno de esos chispazos que interrumpía el fluir del pensamiento.
Por otra parte se hacia necesario elaborar una estrategia para disimular los cortes de
luz.
Cuando conversas, con frecuencia haces alguna disquisición: tomas algún camino
relacionado con el tema central que estás tocando y, al terminar el camino, vuelves al
tema principal. Ocasionalmente ocurre que cuando deseas regresar a la idea principal
no recuerdas cuál era. Entonces le dices a tu interlocutor. “¿De que estábamos
hablando?¿Qué te estaba diciendo?”… Y éste, o bien te lo recuerda gentilmente, o
confiesa que él tampoco se acuerda, lo que indica que no estaba prestando atención a
tu discurso.
Ese es el caso normal. Y aunque es normal con frecuencia resulta embarazoso. Es
incómodo reconocer que has perdido el hilo de lo que conversabas.
Pero cuando no has tomado ningún atajo, cuando no estás haciendo ninguna
disquisición, cuando estás tratando justamente el tema principal y de pronto te quedas
en blanco, ahí no puedes preguntar al interlocutor “qué te estaba diciendo?” porque
inmediatamente notaria que estás mal de la cabeza.
Imagina que estás conversando con alguien sobre un crimen ocurrido el fin de semana:
Dices: “Lo que me parece sospechoso es que su esposa no hubiera estado en casa a
esa hora justamente ese dia. Los vecinos afirman que ella siempre estaba para esperar
a los hijos que vienen del colegio… Esto mas bien me recuerda el caso de…… “
Y en ese momento, cuando tratas de recordar el caso de la Sra Jiménez, justamente a
consecuencia de intentar hacerlo, tu cerebro se pone el blanco. No tienes nada que
decir, no sabes de qué estabas hablando. Sabes que algo decías. Sabes que la
persona frente a ti espera que continúes.
Y además estás aterrado porque has sufrido un nuevo episodio de una enfermedad que
desconoces, que te hace pasar por algo que jamás habías experimentado, que no
sabes cómo evolucionará.
Talvez dentro de unos dias esté convertido en un idiota, en un ser descerebrado. Y ese
tío delante de ti asombrado de tu interrupción, esperando que continúes, diciéndose que
estás cada día mas excéntrico, mas despreocupado de los demás, mas ajeno a los
problemas que te plantean.
En esos días atendía en Caracas un cardiólogo que me merecía bastante confianza
entre otras cosas porque había descubierto que padezco de politiquistósis renal y que
ello me llevaría en el largo plazo a tener que dialisarme.
Visité al cardiólogo en cuestión y le comenté que estaba padeciendo de una brutal
sensación de fatiga y que no lograba entender a qué podría ésta deberse. No le
comenté acerca de las interrupciones y las lagunas que se estaban produciendo en mi
pensamiento y memoria.
Después de evaluarme el cardiólogo me dijo que mi problema era un “surmenage” por
exceso de trabajo y que lo que tenía que hacer era descansar un poco más y hacer
bastante ejercicio.
En esa época yo subía 500 metros de desnivel en el cerro el Ávila varias veces por
semana. Pregunté al cardiólogo si en su opinión a pesar de mi sensación de fatiga yo
debería seguir subiendo el Avila. Me dijo que por supuesto que eso me haría muy bien
para el surmenage y que me recomendaba hacerlo con tanta frecuencia como pudiera.
En atención a su recomendación ese mismo día subí el Ávila.
Cuando comencé a subir sentía una sensación general de fatiga y una presión muy
intensa en el diafragma. Me fue extremadamente difícil subir. Llegué a la conclusión de
que el cardiólogo estaba equivocado y que no era recomendable someterme a intensos
esfuerzos en medio de la situación de fatiga crónica que está atravesando.
Por otra parte, un análisis de las causas posibles de la crisis cerebral que atravesaba
me llevó al concluir que lo que podría estar ocurriendo sería que tuviera algún virus que
me había entrado en el cerebro y que este virus estaba de alguna manera generando
un déficit de oxigenación cerebral.
Este diagnóstico que me permití aventurar resultó absolutamente exacto según más de
un año después descubrieron los médicos, de lo cual dio cuenta un artículo de portada
que apareció en la revista Newsweek.
Una vez que tuve la idea de que podía tratarse de un virus todavía tenía ante mí el
problema de cómo manejar la situación y cómo resolver el ataque que estaba sufriendo
de parte de este virus, dado que me encontraba en condición de absoluta indefensión.
Opté por desarrollar una estrategia para combatir el supuesto virus que podía estar
aquejándome.
Como no tenía a quién acudir y no se conocía nada de esta enfermedad no había
remedio al cual echar mano.
Decidí que el único modo que tenía de combatir el virus era reforzar mi sistema
inmunológico lo que podría conseguir descansando y tratando de evitar usar mi cerebro.
Al efecto decidí dedicar muchas horas a escuchar algún tipo de música que me
produjera una absoluta paz interior. Escuché música barroca y dediqué a ello tanto
tiempo como me fue posible, lo que no era mucho por cuanto en esos días dirigía una
compañía constructora de bastante importancia y en particular estábamos preparando
la oferta de licitación para la construcción del hotel Caracas Hilton, obra que era del
mayor interés para las posibilidades de internacionalización de nuestra empresa.
Es difícil describir el efecto devastador que tuvo esta enfermedad sobre mi persona.
Ello se veía acrecentado por mis enormes obligaciones y porque tenía la necesidad de
qué nadie de mi entorno laboral descubriera que yo estaba padeciendo de una terrible
enfermedad.
Recuerdo como si fuera hoy una noche que me acosté en casa de Graciela, en Los
Domínicos, sintiéndome tan mal que no me cabía duda alguna que ese era el último
acto que yo hacía en mi vida y que en ese dormir iba a encontrar la muerte.
Ya en esa época tenía conciencia de que las enfermedades se retiran sinusoidalmente.
Sabía que si iba a mejorarme experimentaría muchos episodios sucesivos de recaída o
de recrudecimiento de la enfermedad y que tenía que ser capaz de determinar si estos
episodios mostraban que la enfermedad iba disminuyendo o que ésta iba avanzando.
Por otra parte, y tal vez ese sea el primer progreso que experimenté en mi mejoría
descubrí que tomar una cerveza cuando la sensación de fatiga era más intensa me
disminuían considerablemente la fatiga y sus síntomas.
De modo que la cerveza y la música barroca fueron los dos elementos centrales
mediante los cuales enfrenté al supuesto virus que me estaba privando de oxigenación
en el cerebro.
También recuerdo como especialmente exigente durante este período de varios meses
que duró mi lucha contra esta enfermedad desconocida el cierre de la oferta para la
ampliación del Caracas Hilton.
Había que firmar 8000 documentos. Lo recuerdo como si fuera hoy. Esos 8000
documentos habían sido preparados por los ejecutivos de nuestra empresa y por el
suscrito durante varios meses de trabajo y estaban sobre mi escritorio en tres grupos de
carpetas idénticas donde cada hoja de cada carpeta debería debía ser foliada o
numerada y firmada por mí. Entonces estaban sentadas frente a mí en mi enorme
escritorio tres personas que iban adelantando las páginas en cada uno de las tres
carpetas paralelas y una persona que iba follando la página en cada uno de las
carpetas y yo que tenía que firmar en cada uno de las páginas.
Una vez que se completaba una carpeta se cambiaban las tres carpetas que había que
firmar y así hasta completar el proceso de más de 8000 páginas.
Esto nos tomó alrededor de 12 horas durante las cuales yo además de estar firmando y
atendiendo los problemas que se presentaban en la marcha de la empresa y que llegan
hasta mi oficina a través de diversos interlocutores tenía que estar interiormente
enfrentando esta maldita enfermedad que no me permitía recordar y que me producía
interrupciones en el funcionamiento de mi conciencia y de mi pensamiento. Fue un día
inolvidable de terrible esfuerzo.
Cabe consignar qué cuando se abrieron las ofertas de licitación la primera en ser
abierta fue la de nuestra empresa y que el monto que ofertamos resultó ser inferior al
que proponían las demás empresas a lo largo del proceso de apertura de sobres, de
modo que cuando se habían abierto 10 de las 11 ofertas la nuestra seguía siendo la
más baja y por consiguiente la ganadora.
Lamentablemente la última oferta que se abrió resultó por un monto inferior al nuestro y
por consiguiente fue esa empresa, constructora Grespan, la que ganó la licitación y tuvo
el privilegio de construir la ampliación del Caracas Hilton.
Años más tarde por alguna coincidencia mi mujer Irisnorth entabló amistad con Milko
Grespan, hijo del dueño de la constructora que me privó de la oportunidad de ejecutar
esa obra de tan alto interés para nuestra empresa.
Después de varios meses logré superar la parte más intensa de los síntomas de la
enfermedad, los que tardaron más de un año en desaparecer del todo.
Una vez que me había repuesto completamente tuve el privilegio de ver que en la
portada de la revista Newsweek aparecía la noticia de una nueva enfermedad: Crónica
Fatigue Disease (CFD) enfermedad que padecen miles de norteamericanos que se
caracteriza por una fatiga crónica como indica su nombre y que presenta el signo
inequívoco de importantes áreas del cerebro en las que se observa una muy disminuida
oxigenación.
El artículo de portada de Newsweek mostró cortes tomográficos de cerebros donde las
áreas de falta de oxígeno eran considerables.
El artículo hacía mención a que muchas pacientes de esa enfermedad se habían
suicidado al no encontrar remedio alguno y al no conseguir especialistas que pudieran
hacerles entender que el mal que padecían era de carácter viral y que eventualmente
podría tener remedio.
Años más tarde, cuando estaba tratando de conseguir financiamiento para la puesta en
marcha de la tienda y restaurant Geraldine, en Vitacura, en Santiago de Chile, me
enteré que un vicepresidente de un banco local, esposo de María Angélica Manterola
una amiga de infancia estaba desde hacía varios meses encerrado en su casa presa de
un mal que indudablemente correspondía a fatiga crónica.
Al enterarme del asunto me puse en contacto con Kenka, así le llamábamos a María
Angélica y le di algunas recomendaciones para mejorar a su esposo.
Sobretodo le hice hincapié en la necesidad de hacerle ver de que se trataba de una
enfermedad de la cual se podía recuperar, que no se dejara abandonar ante una
situación tan difícil y le recomendé las elementales recetas que había desarrollado yo
para combatir el virus.
Gracias a esta intervención el vicepresidente del banco en cuestión se recuperó
totalmente, se pudo reintegrar a sus labores y en agradecimiento a mi papel protagónico
en su salvación aprobó un crédito para que yo pudiera terminar el proyecto de la tienda
y restaurante Geraldine en el cual perdí tanto dinero que en rigor yo debería lamentar
haber sanado al esposo de Kenka.